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Un poco más de calma, embajador Goldberg. Por: Eduardo Mackenzie

El llamado del embajador Philip S. Goldberg a los políticos colombianos a “no involucrarse en las elecciones de Estados Unidos” que culminarán el próximo 3 de noviembre, fue tardío pero ello no le impidió a la prensa santista de Bogotá tratar de utilizar  la declaración del citado diplomático para golpear a sus adversarios.

Para eso tuvo que ocultar un hecho central: el primero  en involucrarse en ese proceso, y a favor de Joe Biden, fue el expresidente  Juan Manuel Santos, siendo seguido, en esa misma línea, por su comparsa de circunstancia, el ultraizquierdista Gustavo Petro.

El 29 de noviembre de 2018, cuando Joseph Robinette Biden Jr. ya  estaba en campaña, JM Santos fue el orador principal en una lujosa cena para homenajear a Biden, organizada por Lauren y Andrés Santo Domingo en el Lincoln Center de Nueva York.

La riposta  fue lanzada en septiembre pasado cuando el presidente y candidato Donald Trump denunció, en su mitin de Jacksonville, “el terrible tratado Obama-Biden-Santos con los carteles de la droga colombianos”, el cual hizo que “la producción de drogas ilícitas se disparara”. En Doral, este 25 de septiembre, el presidente Trump retomó la cuestión y reveló que Gustavo Petro había enviado su apoyo al ex vicepresidente de Barack Obama. “No es bueno que Petro esté apoyando a Biden”, subrayó, no sin recordar que el senador extremista había militado en la guerrilla del M-19.

Luego el llamado del embajador Goldberg  llegó tarde y puede ser visto como una pura formalidad.

La prensa santista, sin embargo, lo utilizó para hacer sus conocidos malabarismos. Trató de hacerle decir al embajador algo que él no ha dicho. Una revista virtual, Kienyke, escribió, por ejemplo,  que Philip S. Goldberg pide a los políticos colombianos abstenerse de  “interferir” en esas elecciones presidenciales.  Error. Error de mala fe. El diplomático americano no habló de “interferencia”. Habló de no involucrarse. Interferir es obstruir, interceptar, poner obstáculos, cometer fraude. El embajador no le reprocha a nadie obstruir el proceso electoral de Estados Unidos. Involucrarse es otra cosa, es implicarse intelectualmente, opinar, acercarse, participar moralmente.

Pero mal podría pedir eso el señor Goldberg a los colombianos. Nadie le puede decir a un colombiano, ni a un político colombiano, que no comente, que no informe, que no opine públicamente, que no se implique intelectual y moralmente en una campaña electoral de la principal potencia mundial. Nadie puede pedirle, sin violar el derecho a la libertad de expresión, que no hable en favor de uno u otro candidato, que no invite a votar en uno u otro sentido, durante las campañas de los candidatos a la elección presidencial americana.

Pues lo que ocurre en el gran país del Norte tiene consecuencias substanciales y directas sobre Colombia y sobre los otros países amigos o no de Colombia. Nadie puede ser indiferente ante esa elección.  ¿El embajador Philip S. Goldberg pediría lo mismo a los políticos y a los ciudadanos de los países europeos que opinan desde fuera y dentro de Estados Unidos? Jamás.

Luego a los colombianos tampoco debería él pedirles  algo así. Colombia está pagando  en sangre y en atraso económico y social las consecuencias del pacto Santos/Farc, el cual fue rechazado por los colombianos en el referendo nacional de 2016.  ¿Alguien ignora todavía que ese abyecto pacto que desgarró la Constitución colombiana y repotenció la narco-subversión en Colombia, sin aportar la paz, fue apoyado en todo momento por el gobierno del ex presidente Barack Obama?  “Si Biden es elegido presidente su mandato podría reflejar los ocho años de Obama en la Casa Blanca, con políticas a favor de las causas progresistas”, explicó la VOA en un artículo del 7 de octubre pasado (1).

¿Frente a eso los colombianos, políticos o no, no podemos expresar opiniones, escribir, insistir, distribuir argumentos e informaciones, hablar públicamente y en privado, a favor o en contra de esos candidatos?

El embajador norteamericano debería reflexionar al respecto. El afirma, por otra parte, que “El éxito de las relaciones EE.UU.-COL durante muchos años se ha basado en el apoyo bipartidista”.

Goldberg no puede ignorar que las relaciones diplomáticas entre Colombia y Estados Unidos no son vertebradas únicamente por el bipartidismo. Las relaciones entre los dos países existen desde mucho antes de que existiera en Estados Unidos el bipartidismo. La noción de “bipartidismo” es relativamente reciente. Es la fórmula un poco corta que utilizan algunos  teóricos de la diplomacia tanto de Washington como de Bogotá, para los discursos de ocasión. Ese bipartidismo existe y es una palanca útil, pero de él no depende el apoyo,  ni el éxito, ni la gran estabilidad de las relaciones históricas entre los dos países.

En una entrevista, el expresidente Santos dijo una mentira. Afirmó que hay “un alto funcionario del gobierno de Iván Duque” que está “apoyando a Trump”. Como cotorra, el senador comunista Iván Cepeda repitió lo mismo y blandió, como es su costumbre, el garrote de una “audiencia de control político” contra la ministra Claudia Blum, para que diga si es cierto que funcionarios del gobierno, etc. etc. Unos colombianos  cantaron lo mismo en una carta al embajador Francisco Santos. Acusaron a María Fernanda Cabal de estar apoyando a Trump. Acusaron a Juan David Vélez de “intervenir en ese proceso electoral”. Pero ninguno de ellos son “funcionarios del gobierno”. Cabal es senadora y Vélez es un miembro de la Cámara de Representantes. Luego son libres de opinar y de expresar públicamente lo que piensan de Trump y de Biden. Santos y sus escuderos quieren aprovechar el desliz semántico del señor Goldberg para ponerles a todos una mordaza.

El embajador Goldberg es un buen diplomático americano, con mucha experiencia efectiva. Fue jefe de misión de la Oficina de Estados Unidos en Pristina (Kosovo)  y embajador en Bolivia, Filipinas y Cuba, donde estuvo casi seis meses. Conoce bien a Colombia pues ha estado en Bogotá, en cargos diferentes, durante casi 20 años. Sin embargo es conocido también por sus frases inconvenientes a veces humorísticas que terminan casi en incidentes diplomáticos. Lo de ahora en Colombia no da para tanto. No obstante, su twitter de ayer 26 de octubre era innecesario. Un poco más de calma, señor embajador.

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