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Petro y su gran plan para Colombia. Por: Eduardo Mackenzie

Gustavo Petro aprovechó su viaje de auto bombo a España para hablar mal de su país e insultar a los colombianos que se oponen a sus ambiciones. En un encuentro con el diario El Mundo, de Madrid (1), declamó una vez más su odio por Colombia, por su gente y su modo de vida. Mostró que él perdió toda decencia patriótica y que carece de escrúpulos al momento de describir lo que él cree que es nuestro país. En Colombia, dice, “se ha construido una especie de proyecto político y económico sobre la violencia y el miedo”. El hecho de que las instituciones y las políticas hayan sido refrendadas por el sufragio universal desde hace 168 años lo tiene sin cuidado. Lo que los colombianos hemos construido, cree él, es un error desde el comienzo. Petro estima que no hay nada que valga la pena.

Petro no se interroga sobre el origen de la violencia que él pretende denunciar, ni sobre el papel de organizaciones subversivas –concebidas, armadas y orientadas por poderes extranjeros–, en la violencia que sufre Colombia desde hace 90 años. Petro se puso al servicio del terror inaudito del M-19 durante años y, hoy en día, con cara de “yo no fuí”, tiene el cinismo de lanzar tales generalizaciones como si su país hubiera engendrado gratuitamente esa pesadilla.

La verdad de lo que ocurrió es bien distinta: los culpables de la agresión combinada que sufre Colombia –militar, política, cultural— son los que le decretaron la guerra para encerrar a la nación dentro de un sistema totalitario. Pero Colombia resistió como pudo, pese a su debilidad. De ahí viene el odio colosal de la gente que se siente representada por Gustavo Petro. No le perdonan al país que haya luchado y vencido, hasta ahora, a esos aciagos planes.

Gustavo Petro no dice una palabra sobre el problema de la cocaína y de la cultura mafiosa que saquea el país. Él no tiene un diagnóstico sobre esa temática terrible, pero cree tener, en cambio, la solución: “pasar a otro modelo”. ¿Qué modelo? Él no se atreve a hablar de socialismo. Sin embargo, todo el mundo conoce y repudia su “modelo”. Es el monstruo que él adora: el de Cuba, Venezuela y Nicaragua, dictaduras abyectas.

“Colombia está al borde de la hambruna”, declara sin que la periodista de El Mundo vea en ello un lapsus instintivo que refleja más bien lo que ocurre en Venezuela. Fácil es insultar al gobierno y a Colombia en esas condiciones, ante un interlocutor que no salta ante las afirmaciones más grotescas. El candidato del “pacto histórico” mostró así que su programa es, en realidad, una colcha de retazos, de frases hechas, incompletas, de refritos incoherentes.

Petro dijo en Madrid que es “economista” aunque sus proyectos muestran que debería volver a los bancos de una universidad. Anuncia que tratará de “seducir y atraer” capitales a Colombia si gana la presidencia pero no dice qué hará con esos capitales. Extraña ausencia en el logos de un individuo que pretende ser jefe de Estado. Petro no tiene claro qué es eso de la inversión extranjera o sí lo sabe pero no lo dice. ¿Encierra ese plan un proyecto oculto, si no ilegal, como financiar intrigas y revoluciones, o reforzar su fortuna personal a la manera, en los dos casos, de un Hugo Chávez?

Petro se burla de la angustia de los colombianos cuando eructa que no va a “quemar iglesias” ni a “expropiar empresas”. ¿Alguien puede ver en eso una promesa de buen gobierno? Todo jefe comunista afirma una cosa cuando decide que hará lo contrario. Es la mejor manera, dicen, de dormir al adversario. Petro afirma que no quemará iglesias pues eso fue lo que alentó, precisamente, durante los paros armados de 2020 y 2021, lanzados por el ELN, donde la chusma que Petro azuza atacó e incendió iglesias, juzgados, edificios de todo tipo y mató decenas de civiles y miembros de la fuerza pública. Petro ironiza cuando dice eso a una periodista que conoce mal el negro historial “revolucionario” de su interlocutor.

El candidato marxista exhibe antiguallas como si fueran ideas modernas: reconstruir el Pacto Andino, un organismo de los años sesenta que no sacó al continente del atraso. Petro sueña con la infecunda alianza sur-sur, ideada en 1982 por Belisario Betancur. Y lo que es peor: propone romper nuestra brillante relación con Estados Unidos, la mayor potencia democrática, militar y económica del mundo, para trabar alianzas con unos “socios” infernales: la España de Pedro Sánchez, el Perú de Pedro Castillo, la Venezuela de Maduro y el Chile de Boric.

En ese mismo capítulo de proclamas de ignorante, Petro espera que España “pida perdón por el genocidio que hubo (sic) en América Latina” y por el “sistema esclavista que se generó (sic)”. El avisa que quiere “interrumpir definitivamente la guerra” con el ELN y que en eso lo ayudará “muchísimo” José Luis Rodríguez Zapatero. Ese personaje tan detestado por los venezolanos y por una parte de los socialistas españoles, por su contubernio depredador pero bien estipendiado con Hugo Chávez y Nicolas Maduro, ayudará a instalar en el poder al ELN y a ir más allá de lo logrado por las FARC con la asesoría de Juan Manuel Santos y Enrique Santiago, jefe comunista español. Petro no le fijará condiciones al ELN para llegar a una amnistía que pasará sobre la montaña de víctimas que acumula esa organización narco-terrorista.

El senador Petro pide abandonar la extracción petrolera y carbonífera de Colombia y “pasar a un modelo productivo basado en el conocimiento y alejado de la era fósil”. Error. La expansión de las energías del futuro no descansará sobre el desmantelamiento de lo existente sino sobre la combinación de las industrias conocidas (hidroeléctrica, petroquímica, gas, nuclear, solar, biomasa, fuerza marina) con la innovación. Es lo que en Europa llaman el “mix”. El “conocimiento”, que Petro ve como un factor inédito, existió siempre e hizo posible el gran auge de las energías, con la ayuda de la técnica y de la modernización de las condiciones del trabajo humano.

Petro repite las frases delirantes del ecologismo apocalíptico que asusta a los jóvenes con eso de que el fin del mundo llegará dentro de doce años. Petro reitera las soflamas de Greta Thunberg, de la secta fanática Extinción Rebelión, y de la diputada americana Alexandra Ocasio-Cortez, de que estamos “en los tiempos finales de la humanidad si no reaccionamos”. Afirmación ésta que los climatólogos e investigadores serios de Estados Unidos y Europa (3) han ridiculizado. “Es posible que la ecología extremista no pretenda preservarnos del fin del mundo sino precipitarlo”, escribe Michael Shellenberger (2).

Petro copia el programa anti petróleo que tuvo Rafael Correa en Ecuador y descarta, obviamente, el incremento en Colombia de fuentes de energía barata y fiable como la hidroelectricidad, los combustibles fósiles y la energía nuclear. Esta última, la oveja negra de los activistas, es la única energía limpia que disminuirá el efecto sierra mientras que los paneles solares y las eólicas, un negocio redondo para los chinos, dañan la tierra y producen una energía más cara, discontinua y solo complementaria.

¿Petro quiere que Colombia termine como el Congo-Kinshasa? Ese país de 73 millones de habitantes, geográficamente más grande que Colombia, pero con uno de los ingresos per capita más bajos del mundo, muestra lo que ocurre por la corrupción y la ecología punitiva. Ese país, afectado por el hambre, la enfermedad y la violencia de las bandas más diversas, congolesas y ruandesas, es rico en fuerza hidráulica. Pero ésta no es desarrollada. La mayoría de los habitantes dependen de la madera y del carbón para cocinar sus alimentos: el país entero produce solo 1 500 megavatios de electricidad (lo que produce una ciudad de un millón de habitantes en un país desarrollado).

Tras la segunda guerra mundial, la banca internacional financió numerosos proyectos de desarrollo que fueron benéficos: represas, carreteras y redes eléctricas. Hoy la misma banca y la ONU evitan el financiamiento de fuentes de energía barata y fiable como la hidroelectricidad, los combustibles fósiles y la energía nuclear. Bajo la influencia de los partidos verdes, de Greenpeace y de la ideología del “desarrollo durable”, y pletóricos de infraestructuras, los países ricos financian en el Tercer Mundo fuentes costosas y poco fiables como los paneles solares y las eólicas (4). Consecuencia: ello frena la industrialización de los países pobres y condena su crecimiento. La ONU proclama que los países pobres pueden llegar a ser ricos sin utilizar mucha energía. La ONU jamás ha podido probar tal tesis. El saboteo de algunos a Hidroituango es un eco de ese estado de cosas. Las creencias económicas de Gustavo Petro coinciden, pues, no con los intereses de Colombia sino con los de la banca mundial.

 

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