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Petro despotricó ante la ONU. Por: Eduardo Mackenzie

Ridículo el discurso de Gustavo Petro ante la asamblea general de Naciones Unidas. Tenebroso y ridículo no sólo por sus mentiras –acusó a Estados Unidos y Europa (pero no a Putin, el verdugo de Ucrania) de invadir a Ucrania y también a Irak, Libia y Siria “en nombre del petróleo y del gas”. Risible por su lirismo adulterado y sus insultos contra los países aliados de Colombia  –acusó a Estados Unidos y a la Unión Europea de destruir la Amazonía, de saquear los recursos naturales del mundo, de “declararle la guerra a la selva, a sus plantas, a sus poblaciones”–. Tendencioso discurso por sus insinuaciones contra el modelo de desarrollo capitalista y por su visión sobre el “fracaso (sic) de la lucha contra el calentamiento del planeta”.

Grotesco pero también maligno discurso pues calificó de “irracional” y “fracasada” la guerra contra las drogas a la cual, dijo, habría que ponerle fin.

Obviamente, tal cúmulo de necedades fue rebatido por la prensa europea. Esta no apreció el tono envenenado y divisionista de Petro y su soflama donde brillan por su ausencia las propuestas para “remediar esos problemas con una acción conjunta de países”, según un analista de la BBC de Londres.

“Cuando más se necesitaban las acciones, cuando los discursos ya no servían, cuando era indispensable depositar los dineros en los fondos para salvar la humanidad, cuando había que alejarse cuanto antes del carbón y del petróleo se inventaron una guerra y otra y otra. Invadieron Ucrania, pero también Irak, y Libia y Siria. Invadieron en nombre del petróleo y del gas”, gesticuló Petro.

El nuevo ocupante del Palacio de Nariño, escogió esa importante tribuna  para humillar a su propio país. Lo peor de su actuación en Nueva York, sin hablar de su alegato extra muros sobre “la manada de lobos” de la cual brota la inteligencia, no es que haya utilizado la temática del tráfico de drogas. Esa cuestión había sido tratada por otros eminentes colombianos en otras asambleas de la ONU con una línea exigente de reflexión y combate contra el enorme flagelo.

Petro, en cambio, puso a Colombia al más bajo nivel. Imitó al dictador boliviano Evo Morales que en 2015 le pidió a la ONU a que acabara con el capitalismo “para erradicar la pobreza”. Esta vez, Petro le pidió a la ONU algo no menos alucinante: acabar con la “la irracional guerra contra las drogas” para que el mundo alcance la felicidad universal.

La estrafalaria propuesta de cesar la guerra mundial contra las drogas y “depositar los dineros en los fondos”, es un insulto mafioso a las víctimas de ese épico combate, a las decenas de miles de héroes colombianos y extranjeros que perdieron sus vidas en Colombia en la lucha contra ese azote internacional.  Petro no tuvo una palabra de compasión para ellos, soldados y policías, pero también magistrados, jueces, periodistas (pienso sobre todo en don Guillermo Cano), ministros (pienso sobre todo en Rodrigo Lara Bonilla), diplomáticos, ganaderos, intelectuales, políticos (pienso en Luis Carlos Galán), alcaldes, indigenistas americanos y agentes de la DEA, que fueron asesinados, secuestraos y lesionados de por vida por los narcotraficantes. Las palabras de Petro son, por el contrario, una reprimenda injusta contra todos ellos por haber participado en una “guerra irracional”.

“¿Quieren menos drogas? Piensen en menos ganancias y en más amores”, eructó Petro copiando servilmente la teoría lamentable de Manuel López Obrador de “abrazos y no balazos” en la lucha contra los carteles mexicanos, lo que aumentó las matanzas en ese país. “Piensen en un ejercicio racional del poder”, exigió Petro. “No toquen con sus venenos la belleza de mi patria, ayúdennos, sin hipocresías, a salvar la selva amazónica para salvar la vida de la humanidad en el planeta”, lanzó el ex miembro de la guerrilla narco terrorista M-19 que aceptó en 1985 ponerse al servicio de Pablo Escobar para incendiar el palacio de justicia de Bogotá y asesinar la Corte Suprema de Justicia y el Consejo de Estado. Petro, quien nunca criticó la infame trayectoria del M-19, ni las otras bandas, es el mismo que se atreve a hablar de “ejercicio racional del poder”, de “la belleza de mi patria” y de “salvar la vida de la humanidad en el planeta”.

Con su monserga obamista sobre el pretendido “fracaso” de la guerra contra las drogas, Petro busca socavar la lucha mundial contra ese tráfico y malograr las relaciones diplomáticas de Colombia con las democracias y el resto del mundo. Esa línea empuja a Colombia hacia un rincón obscuro, el de un país forajido, paria, que insiste en el mal, que se delecta revolcándose en el fango. Para él no existe el país real, con su herencia universalista, con su democracia, su población valiente, orgullosa, que siempre defendió las libertades, la religión, la cultura, el trabajo.

Fue pues un discurso para enlodar la extradición de narcos, la erradicación de los narcocultivos, los esfuerzos de los países contra el blanqueo de dinero. Todo está resumido en esa frase increíble: “Mi país no les interesa sino para arrojarle venenos a sus selvas, llevarse a sus hombres a la cárcel y arrojar a sus mujeres a la exclusión”. Y en esta otra, que completa el cuadro apocalíptico: “Para destruir la planta de coca arrojan venenos, glifosato en masa que corre por las aguas, detienen a sus cultivadores y los encarcelan. Por destruir o poseer la hoja de la coca muere un millón de latinoamericanos asesinados y encarcelan a dos millones de afros en la América del Norte”.

Es la arenga de un hombre extraviado. No fueron esos países los que sembraron la marihuana, la coca y la amapola en Colombia. Ni los que refinanciaron las guerrillas narco-comunistas cuando estaban agotadas por la acción del Estado colombiano. Ni los que pagaron a bandas degeneradas para que infiltraran y minaran la justicia, el sistema electoral y otros pilares institucionales.

Algo que deberían entender los países occidentales, en especial Estados Unidos, Francia y la Unión Europea, es que el pedido de Petro de dejar tranquilos a los productores y traficantes de cocaína está destinado sobre todo a esos gobiernos. La intención de ese discurso es tender una trampa al campo occidental. Es una treta para dividir al bloque atlántico, para debilitar a sus Estados miembros, para no ayudar ni asesorar las fuerzas militares y de policía del hemisferio. Ese discurso es una advertencia: la inundación de drogas en las democracias de Occidente, con su cortejo de matanzas y desgracia social, debe aumentar pues no hay que temerle a eso: la cocaína, dice Petro, “solo causa mínimas muertes por sobredosis y más por las mezclas que provocan su clandestinidad dictaminada (sic)”. Petro es de los que predican que el azúcar es “una droga mucho más dañina que la marihuana y la cocaína”.

Horas después de pronunciar ese espantoso discurso, Petro hizo saber que se reunirá el 26 de septiembre con Nicolas Maduro, el gran peón de Putin y de Irán en el continente. Dijo que las relaciones diplomáticas entre Colombia y Venezuela serán restablecidas y que los parlamentos de Colombia y Venezuela trabajarán conjuntamente de ahora en adelante. Caracas, además, ha reiterado su pedido de que Bogotá extradite a los opositores venezolanos que encontraron refugio en Colombia, tras huir de la tiranía. Petro también ha dado luz verde a la participación de Maduro en las supuestas “negociaciones de paz” de Petro con el ELN y las otras bandas cuyos capos se esconden en Venezuela desde donde planifican los ataques a Colombia.

Sobre la agresión de Rusia a Ucrania, Petro se sometió a Moscú al declarar: “No nos presionen para alinearnos en los campos de batalla (…) Que los pueblos eslavos hablen entre sí.” La revista Semana explicó que Vladimir Putin, durante la bienvenida al embajador de Colombia en Rusia, había elogiado a Gustavo Petro y dicho que Colombia “es un prometedor socio de Rusia en América Latina con el que estamos interesados en mantener las relaciones de amistad”.  Los países de la OTAN harían bien en leer el discurso de Petro del 20 de septiembre en Nueva York a la luz de estos hechos.

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