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Lo que hay detrás del caso Casey. Por: Eduardo Mackenzie

eduardo-mackenzie-1El escándalo del falso reportaje del New York Times contra el Ejército de Colombia dejó mal parado al diario americano. Este pretendía enlodar a las Fuerzas Armadas y lo que hizo fue poner al descubierto a su ladino reportero Nicholas Casey, y hasta a una red política que patrocina tales desmanes con apoyo de George Soros. Y, además, permitió abrir un debate sobre el carácter del New York Times.

Veamos lo de Patrick J. Leahy. El odio de ese senador demócrata de 79 años por el Ejército de Colombia no es de ahora. No olvidamos que, en junio de 2002, él intentó, con su brazo derecho Tim Rieser, hacer que fracasara el Plan Colombia. El presidente saliente, Andrés Pastrana, había pedido al presidente George Bush que reanudara la ayuda militar a Colombia tras el fracaso de las “conversaciones de paz” en el Caguán. En ese momento, las FARC estaban en plena ofensiva, secuestrando y cometiendo todo tipo de atrocidades en varios departamentos. El presidente electo Álvaro Uribe se reunió con funcionarios del gobierno Bush y con líderes del Congreso. Finalmente, la maniobra de Leahy fracasó y el material militar cedido por los Estados Unidos, sobre todo aéreo, le permitió al Ejército y a la Policía de Colombia quebrar ulteriormente la ofensiva narco-terrorista.

La semana pasada, ese mismo senador volvió a hacer de las suyas. Su objetivo fue, de nuevo, el Ejército de Colombia. Respaldó las difamaciones de Nicholas Casey y cuando éste fue emplazado por la senadora María Fernanda Cabal, quien mostró las fotos de 2016 donde se ve a Casey recorriendo una llanura en una moto y con gente armada de las FARC (lo que dice mucho sobre su falsa independencia), Leahy, iracundo, la emprendió contra ella. Leahy le ordenó al gobierno de Iván Duque que le exigiera a la senadora Cabal “pruebas” de lo que decía sobre el aventurero Casey, invirtiendo la carga de la prueba. Con esa pirueta Casey pretendía exonerar al reportero de presentar la evidencia que le pedían en Colombia. Pero no lo logró. El ministro de Defensa de Colombia acusa a Casey de seleccionar los hechos que le interesan, dramatizar y/o ocultar otros y decir mentiras. En lugar de explicarse, Casey aprovechó su huida de Bogotá para difamar de nuevo al Ejército: dijo que él estaba en peligro. Muchos colombianos le siguen pidiendo a Casey que diga qué pruebas tuvo para escribir que el Ejército ordena cometer asesinatos.

No menos grave es que Patrick Leahy se haya creído con el derecho de darle órdenes al jefe de Estado colombiano y de intimidar a la senadora Cabal. La actitud delirante de Leahy desacreditó ante los ojos de los colombianos al Partido Demócrata, quien hasta hace unos años respetaba las formas diplomáticas con los dirigentes de sus países amigos.

Patrick Leahy milita en la fracción más izquierdista del Partido Demócrata. Durante la pasada campaña electoral apoyó a Bernie Sanders, un parlamentario de 78 años que se identifica como “socialista” y a quien la BBC llama “el socialista que quiere ser presidente de EE.UU.” Durante la dictadura de Hugo Chávez, Sanders ayudó, en 2005 y 2006, a Citgo, una compañía petrolera venezolana, a obtener un permiso para vender sus productos en Estados Unidos. En 2013, David Sirota, ex vocero de Sanders, elogió el “milagro económico de Chávez”.

Esos son los individuos que pretenden tumbar el ministro de Defensa y el Comandante del Ejército de Colombia, con ayuda de Vivanco y de Soros, y que creen poder darle la orden al presidente Iván Duque de que persiga a María Fernanda Cabal, senadora del partido de gobierno (1).

Al defender a Casey y decir, por Twitter, que ese matutino “informa de manera precisa e imparcial”, y que “no toma parte en ningún conflicto político en ninguna parte del mundo”, el New York Times hizo reír a muchos. Durante décadas, el NYT fue un diario de referencia, muy leído y respetado. Ya no lo es. Es un diario cada vez más amargo, de izquierda, con plumíferos y con resentimientos y obsesiones de izquierda. Su falta ética de la semana pasada, y su incapacidad para reconocer la falta, reflejan la arrogancia de un diario que lanza la piedra y esconde la mano.

El New York Times es criticado en Estados Unidos y no solo por las mentiras que dice sobre el gobierno de Donald Trump. En enero pasado, ese diario escandalizó a millones de lectores por un artículo que elogia la dictadura cubana (2) y el papel que juega Castro en la realidad política de Venezuela y Nicaragua.

El NYT es acusado de ayudar a las campañas palestinas contra Israel, de darle alas a la violencia de Hamás. En Francia recuerdan que las caricaturas de Charlie Hebdo, semanario masacrado el 7 de enero de 2015 por terroristas islámicos, fueron censuradas por el NYT dizque por “respeto a la fe musulmana”, antes de publicar imágenes anticristianas como un retrato del papa Benedicto XVI compuesto con condones de colores.

Aunque su editor y algunos de sus columnistas son judíos, ese diario comete actos de gran bajeza. En abril pasado, publicó una caricatura claramente antisemita. En ésta aparece el primer ministro Benjamín Netanyahu en forma de perro. Este, con un collar decorado con una Estrella de David, arrastra a un ciego, el presidente Donald Trump. Una publicación israelita, Hatzad Hasheni, comentó: “Esa caricatura recuerda los mensajes y caricaturas publicados en la Alemania nazi que mostraban a los judíos controlando a Estados Unidos y al resto de las potencias aliadas, dictando sus políticas y obligando al mundo a la guerra”.

Gracias al escándalo desatado por reportaje no corroborado de Casey, los colombianos supieron que en el NYT hay dinero de George Soros y que la organización de éste, Open Society Foundations estimula la producción de artículos de alcantarilla que sirven a sus intereses. Lo de hoy contra el Ejército prueba que la OSF está tratando de socavar la ayuda militar que los Estados Unidos le prestan a Colombia. Utilizan para ello la llamada Ley Leahy creada en 1997 para bloquear el suministro de equipos y entrenamiento militar a un país extranjero con el pretexto de que su fuerza pública comete “graves violaciones de derechos humanos”.

Lo hecho por Nicholas Casey en estos días es un primer paso para alcanzar un objetivo: dejar a Colombia sin respaldo de la Casa Blanca y del Pentágono para que la narco-subversión, y las Farc y el Eln, en particular, puedan ejecutar los pactos Santos-Timochenko y doblegar al Estado y a la sociedad a corto plazo. Y para que Colombia quede sin defensa frente a las amenazas venezolana y nicaragüenses. Días antes, Vivanco, otro valioso agente de Soros, había desatado una ofensiva contra Alejandro Ordóñez, embajador de Colombia ante la OEA. Vivanco también intervino en el operativo mediático contra el Ejército de Colombia, pues todo ese circo hace parte de un mismo paquete desestabilizador.

Lo que es inadmisible es la actitud de un grupo que dice defender la libertad de la prensa en Colombia. La Flip aceptó, en efecto, la versión del NYT y en lugar de denunciar el periodismo perrata de Casey tragó entero lo que éste dijo.

Los colombianos deberíamos ser más críticos y exigentes ante las campañas que llegan envueltas en las mejores intenciones. En lugar de salir a ayudar al primer bufón que pretende darnos lecciones de modernidad hay que ser más cautos.

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