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Liderazgo empático. Por: José Félix Lafaurie

Hace unos días, el Consejero Presidencial para las Regiones, Federico Hoyos, resaltó a Montería y a Córdoba como modelos en atención de la COVID-19, y sorprende también el manejo de la pandemia en Bucaramanga, otra ciudad con cifras realmente ejemplares, que han facilitado la reapertura gradual e inteligente.

¿Cuál es la diferencia entre Montería y Bucaramanga con Bogotá?, y no me refiero a la evidente del tamaño y su complejidad asociada, sino a la diferencia de método, de “estilo gerencial”, de cómo enfrentar los problemas y cómo convocar a la ciudadanía, para que Bucaramanga tenga -cuando escribo- 9,5 contagiados por cada 100.000 habitantes frente a 81 en todo el país; un solo fallecimiento y ¡un solo caso activo! ocupando cama hospitalaria.

Cómo hizo el alcalde de Montería para convertir, en menos de treinta días, el coliseo Happy Lora en un hospital de campaña de primer nivel, que mereció la calificación del comisionado Hoyos como “una obra de altísima calidad tecnológica con todos los protocolos”.

Rigor, asertividad, planeación estratégica, trabajo en equipo, sin mesianismos ni arrogancias y sobre todo, empatía con sus colaboradores y sus gobernados. Detrás de sus resultados percibo un gran componente de lo que me atrevo a bautizar como “liderazgo empático” de sus alcaldes, frente a su antónimo, el “liderazgo antipático” de la alcaldesa bogotana; burgomaestres que prefieren convencer antes que regañar; que no confunden energía con altanería; que entienden que la complejidad de la situación exige discreción y método, “menos bulla y más trabajo”; que prefieren un bajo perfil mediático, sin aspavientos ni alharacas, opuesto al protagonismo excesivo, mas no para informar con serenidad y para educar, sino para contradecir con altisonancia, para señalar responsabilidades evadiendo las propias, y para “advertir”, con un tonito insoportable de sobradez mesiánica, de agitador sesentero, que no puedo dejar de relacionar como la versión femenina de su ex amigo Petro.

A Claudia López nada que venga del Gobierno le gusta. Si el presidente toma decisiones nacionales de orden público, como le compete, es autoritario y desconoce la autonomía local, pero si delega las decisiones locales en los gobernantes locales, como debe ser, está trasladando el problema a los alcaldes y se baña las manos. Si el Gobierno dice reactivación inteligente, ella entiende lanzar ciudadanos a las calles a que se enfermen. En mayo asustó a los bogotanos con ser culpables de la muerte de sus madres, y en junio advierte que el “Día sin IVA y del padre son doble riesgo de que se dispare el contagio”.

Claro que pueden ser un riesgo, que ella debe controlar como mandataria local y jefe de policía, pero la solución no puede ser su absurda posición inicial de confinamiento hasta que aparezca la vacuna, mientras no baja su propia guardia: regañar, regañar y regañar, hasta a sus propios colaboradores, cuando lo que se requiere es “convencer” y, si es necesario, ejercer su autoridad con firmeza y serenidad.

¿Cuál es la diferencia, no entre ciudades sino entre alcaldes? Que mientras los de Montería y Bucaramanga están aplicados de lleno a sus responsabilidades, Claudia no se baja del “bus de campaña”, y parece más preocupada en forjarse esa imagen de líder contestataria y vociferante que tanto le funciona a la izquierda populista, de la que hace parte esta “lideresa” que se vistió de “centro” para llegar a la alcaldía, y ahora, con su liderazgo antipático, ¿a dónde querrá llegar?

Nota bene. Todos soñamos con ver luz al final del túnel de la pandemia, pero a otros seis jóvenes militares “las disidencias” asesinas les arrebataron ese sueño. Paz en sus tumbas.

20 junio, 2020

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