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Las Farc son un bloque. Por: Eduardo Mackenzie

farcLa nueva doxa progre sobre “los problemas del acuerdo de paz” en Colombia la acaba de ventilar la socialista Michelle Bachelet. En una frase que recogió la agencia Efe ella estipuló: “Ni regreso a las armas ni mano dura” (1). La tentación del presidente Iván Duque debe ser enorme: él adora todo lo que viene del exterior. Es un centrista moderno. Él cree estar a la altura de un Trudeau y de un Macron. ¿Cómo evitar la mano dura contra el repunte militar de las Farc? Habrá que cumplirle a esa doxa que acaba de llegarnos. El problema es que esa doxa engañosa no es para defender a Colombia, es para ayudar al narco-comunismo.

Para las Farc esa doxa es puro viento. El programa virtuoso de Iván Márquez no cambia: matar y mentir cada día para obtener la “implementación completa” de los “acuerdos” con Santos (rechazados por Colombia). Ellos van a matar más y más colombianos indefensos pues el bien está al final del túnel: “la paz”.

Nadie olvida que en el “acuerdo”, Santos aceptó cambiar la doctrina de las Fuerzas Armadas. Y cumplió. Ello explica la postración de ese sector, y la crecida de los narco-cultivos y de la violencia, sobre todo en Antioquia y en el sur del país. ¿Duque acabará con esa perversión y volverá a una doctrina militar normal? ¡Pero eso será contradecir a la doctora Bachelet!

Si él tiene el temple que tuvo ante la reforma de la JEP las fuerzas armadas seguirán luchando sin un ojo y con un brazo amarrado.

El cambio de doctrina militar alteró incluso las definiciones del hecho narco-comunista. Hoy es difícil admitir que hay un desafío y no se puede siquiera nombrar el problema. Las Farc ahora son “grupos residuales” y “disidencias” y, tras el anuncio de Iván Márquez y Santrich, el presidente Duque, lanzó: “No es una nueva guerrilla”. La prensa y los “expertos”, por su parte, ayudan a minimizar el problema. Hablan del “rearme de algunos ex-Farc”. Una jurista de universidad tuvo otra idea genial: “No hay pruebas de que Márquez y Santrich hayan delinquido” con su “llamado” del 29 de agosto, con armas y uniformes. “El lenguaje hay que mantenerlo conciliador” exige. La línea Bachelet es aplicada antes de que fuera formulada. Así va Colombia.

El incendio se extiende, pero algunos no ven ni el humo. La situación actual es comparable a la que vivía Colombia en los peores tiempos de Tirofijo. Con un agravante: Tirofijo no tenía un Nicolás Maduro, es decir una dictadura comunista, respaldada por Rusia, China, Irán y Cuba y, sobre todo, con 2.200 kilómetros de frontera con Colombia y dispuesta a ayudarlo con todo. Existía la distante URSS, sí, pero hoy hay más financistas, redes y estructuras de coordinación anticapitalista que antes, que siembran la división. Cuando Caracas y La Habana vieron que el Grupo de Lima y el señor Trudeau se oponían “al uso de la fuerza para forzar la marcha de Nicolás Maduro”, en febrero pasado, el castrismo recuperó la iniciativa. El rearme de las Farc es un efecto de eso.

En el terreno el problema es grave. La Fundación Paz y Reconciliación afirma que “las estructuras post-Farc o disidentes operan en 85 municipios, agrupados en 23 estructuras y cuentan con cerca de 1 800 exguerrilleros y cerca de 300 nuevos reclutas”. Pero no contó las otras estructuras armadas que también reciben ayuda de Maduro, como el Eln y el Epl. Ni las Guerrillas Unidas del Pacífico (Gup) ni las Guerrillas Unidas del Sur (Gus) ni el Cartel del Golfo y los numerosos Gdo (grupo delincuenciales organizados) que tratan de reducir la presencia del Estado en amplias regiones del país.

Después del 29 de agosto y de los repudios protocolarios de Timochenko al anuncio de Márquez y “el Paisa”, no se puede seguir diciendo que hay varias Farc, que una es buena y que las otras con malas. Todos esos segmentos son Farc. Las Farc son un solo bloque, con tareas diferentes. Es una sola estructura con objetivos idénticos. ¿Por qué el grupo de Timochenko quiso que su partido siguiera llamándose Farc? Si los llaman Farc es porque ellos quieren eso. El cambio sibilino de unas palabras en esa sigla no significa nada si ellos no renuncian a los objetivos fundadores de las Farc: la derrota violenta de la democracia.

Si Timochenko no quiere que lo vean como el brazo político de ese bloque delictivo, que lo diga y, sobre todo, que renuncie a la ideología terrorista de ese bloque y que, como escribió antier Jaime Jaramillo Panesso, “combata políticamente [para] someter a sus ex pupilos” si no quiere ser enjuiciado “por complicidad y traición a la patria.”

¿Puede el país aceptar y votar por un partido que declara en sus estatutos buscar el derrumbe de la democracia burguesa?

Duque transformó lo del 29 de agosto, un acto armado, político y mediático, en una mera “amenaza”. El ministro de Defensa, Guillermo Botero, adoptó ese mismo enfoque. Ello deja ver una debilidad en la evaluación de la situación creada por Iván Márquez.

Quizás el presidente Duque tiene una visión errada de las Farc. El no ve el problema del comunismo. No ve el problema de la ideología totalitaria en la génesis y trayectoria de las Farc. Duque quiere verlos como una banda “residual”, como un cartel de droga en fase terminal. Caracterizarlas así es ponerse un velo en la cara.

¿El desafío fariano es comparable a un Pablo Escobar prófugo y aislado? ¿La respuesta es formar un bloque de búsqueda?

La respuesta es poner en orden de batalla todos los recursos del Estado y movilizar a la sociedad para desbaratar la ofensiva y derrotar la ideología que ha penetrado los sectores claves del país.

Las Farc nunca fueron un cartel de droga propiamente dicho. Son una expresión del fanatismo marxista en un país subdesarrollado. Como buenos leninistas, las Farc saben combinar todo tipo de crímenes para imponer sus designios. Es una formación con una larga experiencia de lucha armada que apela al narcotráfico, sobre todo desde los años 1980, para financiar sus operaciones de terror, de corrupción, de desinformación y de penetración política. Todo eso es potable con la moral bolchevique. Mañana, si los dejan seguir, acudirán a un instrumento más lucrativo para financiar su aventura. La intoxicación ideológica que sufren les hace ver esa carrera de atrocidades como lícita y honorable, como integrante del campo del bien. Ellos están contra el mal y luchan para “alcanzar la paz”.

El acto del 29 de agosto no es un renacer, es la continuación de una pesadilla. Es el accionar de un escuadrón de la muerte que el Estado democrático liberal-conservador colombiano no quiso desmantelar en los años 60 y 70, aunque podía hacerlo. No lo destruyó como sí lo hicieron otros países occidentales mucho antes y con éxito durable y espectacular (el caso más notable es el de Grecia, que tuvo una especie de Tirofijo que llegó a cercar a Atenas con sus tropas). En Colombia, la confusión introducida por el social-liberalismo nubló (y sigue nublando) la inteligencia y el patriotismo de las élites, con unas brillantes excepciones.

La articulación de una guerrilla en el campo y un partido legal en las ciudades, en los tiempos de Gilberto Vieira y Jacobo Arenas, impidió la erradicación de la estructura depredadora.

Hace un año, Douglas Farah, del Washington Post, escribió esto: “Estoy seguro de que un grupo pequeño pero importante de las Farc se va a mantener en armas y en el narcotráfico y en todos los ilícitos que tenían montado hasta ahora. Hay cinco comandantes que salieron en diciembre del año pasado, cinco cabecillas que con 500, 600 hombres pueden volverse muy fuertes. Yo creo que ellos no se han separado totalmente del secretariado de las Farc que firmó la paz. Ellos van a entrar en el juego político, pero con un estilo, una visión chavista de la toma del poder y desde ahí terminar con las elecciones democráticas para imponer el modelo bolivariano al estilo Ortega, Chávez (…)”.

La visión del ex corresponsal americano en Colombia era acertada. Pero la situación se complicó: el juego político y el juego militar serán más demoledores para imponer “el modelo bolivariano” pues la coyuntura internacional varió. La táctica de la “combinación de todas las formas de lucha”, reapareció con fuerza. Iván Márquez habló de relanzar el siniestro PC3 y Santrich reveló que sus fuerzas tendrán una “nueva modalidad operativa”. Así, los jefes mismos de las Farc destaparon su juego y confirmaron que las Farc son un bloque que incluye desde sus escuadras armadas más feroces hasta los agentes de influencia en la ciudad que simulan haber dado un paso “hacia la paz”.

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