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El peor enemigo de Colombia. Por: Eduardo Mackenzie

Eduardo Mackenzie
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Eduardo Mackenzie

He escuchado y visto las dos horas de la entrevista a Gustavo Petro conducida con gran valor por Vicky Dávila, este 14 de marzo. El senador extremista no logró ocultar durante esa conversación su verdadero carácter y su agenda política. Allí aparecieron dos Gustavos Petro. Uno que se controla, que recita con débil convicción sus refritos habituales para un público cautivo, durante un rato. El otro, el descontrolado, el histérico, que ante la insistencia de la periodista, pierde los estribos, la ultraja y, por fin, devela, a su pesar, los entretelones de su lamentable ideología.

El Petro bajo control, vestido de negro, prometió bellezas en abstracto: “libertad y cambio”, “justicia social”, “paz” y “democracia”.  Y jugó al cándido que no tiene mancha: ¡el ex terrorista del M-19, filial de Pablo Escobar, y el hombre que recibe y recicla clandestinamente bolsas de dineros sin dar la menos explicación, se permitió decir que luchará contra la corrupción!

El candoroso Petro declaró: “No le he hecho mal a nadie” y “no odio a nadie”. El Petro descontrolado, en cambio, ante la firmeza de Vicky,  terminó por derrumbarse y, rascándose la cabeza y mirando al techo, mintió de manera profesional, cortó la comunicación con ella, no sin antes hacer una pavorosa apología de la lucha armada, de la matanza cometida por el M-19 en el Palacio de Justicia, para finalizar santificando a Santrich y a Narcotalia, y comparándose a Simón Bolívar y a Nelson Mandela (sin decir, claro, que el líder sudafricano pagó 28 años de cárcel por sus crímenes antes de ser amnistiado y liberado).

Petro, sobre todo, reveló en esa entrevista algo que tenía muy bien guardado: que él no ha estado ni está dispuesto a defender las clases populares.

El país que ganó el referendo de 2016 y dijo No a los pactos infames Farc/Santos, y el que eligió como presidente en 2018 a Iván Duque, fue ultrajado por Petro: dijo que todos nos habíamos dejado “engañar por el odio y la mentira”. Petro, el vencido de esa elección, es de los que piensa que si el pueblo vota mal hay que cambiar al pueblo. No es sino ver lo que le promete a la juventud: marihuana y cocaína para todos. Lo que le anuncia a los jubilados también produce escalofrío: descapitalización y mendicidad ante el Estado. A los trabajadores y contribuyentes les regalará salarios de miseria y una buena alza de impuestos.

Petro repite como cotorra el gran error de los marxistas: creer que la destrucción de la clase capitalista beneficia automáticamente a las clases populares. Por eso quiere la expropiación de los empresarios y de la banca, pues ellos, dice, están “destruyendo la economía de Colombia”. Su programa encierra lo de siempre en el universo socialista: pobreza y opresión para los más necesitados.

La receta de Petro es la misma de Chávez, Correa y Maduro, tres esclavos del castrismo que destruyeron sus países. Venezuela, uno de los más ricos del continente, fue saqueado a fondo para que Cuba disfrute de la plusvalía robada a la nación venezolana. Petro quiere hacer lo mismo con Colombia, y lo dice. Solo hay que escucharlo.

Otro signo de la emboscada que le prepara Petro a las clases populares: él quiere cambiar el artículo 217 de la Constitución y darle una tarea ridícula a las Fuerzas Armadas, antes de reducirlas a instrumento de una casta: dedicarlas a “la defensa del territorio del cambio climático” o, como escribió en alguna parte, “detener la deforestación de la selva amazónica”. El fondo de esa idea no es siquiera ecologista. Su objetivo es venal: separar al ejército de la nación, romper el vínculo histórico entre el pueblo y sus fuerzas armadas. Sin fuerza pública democrática, como lo es en Colombia, la nación será víctima de la fuerza bruta, de la esclavitud más tenebrosa. Petro quiere destruir ese lazo para que el pueblo quede sin protección, sin derechos, a la merced de un poder totalitario extranjero, como le ocurre a Venezuela.

Por lo pronto, Petro se dedica a intoxicar al país con su repugnante retórica. Habla de los “asesinos que gobiernan a Colombia”, dice que quiere ser presidente para abrirles procesos a los expresidentes, a los industriales, a los ganaderos.  Nadie escapa a su resentimiento. El muestra que no se ha curado del odio que le profesa al ex presidente Uribe y a las mayorías nacionales y culmina con su pregón preferido:  “Colombia no es una democracia”.

¿Cómo sustenta eso? Fácil: con dos tretas para tontos: por la “desigualdad” (no dice si esa “desigualdad” es legal o social y si la sociedad igualitaria existe en alguna parte) y porque Colombia “bombardea niños”. Petro asimila a la condición de “niños”, los reclutas menores del narco-comunismo de los campamentos de las FARC, para vender la idea de que los héroes de la patria  antes de atacar al terrorismo deben preguntarle si tiene escudos humanos.

Es increíble el analfabetismo económico de Petro. Cuando habla de “capitalismo productivo”, de empleo, de pequeña y mediana empresa, de capital financiero, de banca e industria, de jubilaciones, de fondos privados de capitalización, muestra que no entiende nada de nada. El usa argumentos que tienen más de 100 años de atraso. Sus comentarios son un eco de textos de vulgarización de Engels y Lenin, quienes creían en la teoría marxista del derrumbe inminente del capitalismo. Derrumbe que no ha llegado todavía.

Petro confunde entre pensión de jubilación y subsidio de vejez.  No sabe cómo funcionan esos sistemas en los países capitalistas (por capitalización o por reparto), que Colombia seguirá sin duda.  Su odio anti-capitalista le impide ver los avances de otras sociedades.

Lo de él es arrasar con las utilidades financieras, con los dividendos, con la propiedad industrial, agrícola, ganadera, comercial y hacer “justicia social”, no a la manera francesa o británica, sino a la manera chavista es decir a lo bárbaro: mediante la captura de la producción, la destrucción de empleos, el racionamiento de alimentos y la inflación desbocada. Esos esquemas mataron a decenas de millones de personas de hambre en la URSS, la China de Mao, en Corea del Norte. Petro lo sabe pero no lo admite.

No entiendo cómo un fanático de esa calaña puede ser tomado en serio y cómo puede ser visto por algunos como un presidenciable. Petro desata desconfianza incluso dentro de su propio campo.

Petro dice que sus “transformaciones profundas” requieren pactar “en tres meses” la paz con el ELN, mandar a La Picota a los expresidentes y a la clase política pues todos son “narcotraficantes”. Su frase calamitosa sobre “mi justicia” no apunta hacia el futuro, es un elemento de su agenda que ya está en marcha.

La violencia de sus respuestas, sobre todo al final, cuando Vicky califica de hampones a los secuestradores y matones del M-19, no deja duda sobre sus objetivos: tomar el poder para destruir el país y perpetuarse por todos los medios y no solo por doce años.

Con gran profesionalismo, sin alterarse por los gritos y ofensas que recibía, Vicky Dávila le hizo un favor a Colombia. La “performance” de Petro aumentó la inquietud que suscita ese personaje en el país. Crece la gente que lo critica en las redes sociales. Algunos artículos han aparecido en la prensa sobre todo eso. Sin embargo, el análisis de esas declaraciones no ha terminado. Hay que avanzar en ese asunto para sacar conclusiones judiciales y no sólo de tipo electoral.

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